Antes del primer trazo: así enciendo mi cabeza cada mañana
Photo: Basile Morin, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
Hay algo que me preguntan mucho cuando enseño mi taller o cuando alguien me escribe por Instagram: «Diana, ¿y de dónde sacas las ideas?». Y yo siempre pienso que la pregunta real no es esa. La pregunta es: ¿de dónde saco las ideas a las nueve de la mañana, un martes cualquiera, cuando el cuerpo no pinta nada y la cabeza está en otra parte?
La respuesta, querido lector, está en lo que hago antes de tocar un pincel. Mis mañanas son mi taller invisible. Hoy te las enseño.
El café no se negocia (pero el ritual sí)
Sí, empiezo por el café, como buena parte de España. Pero no es el café en sí, es lo que representa: el primer gesto del día que hago solo para mí, sin prisa. Muelo el café, caliento el agua, espero. Esos cinco minutos de espera son mi transición entre «persona dormida» y «persona que crea».
Durante años me sentía culpable por «perder el tiempo» así. Ahora lo entiendo al revés: es el tiempo que me ahorra mirar el lienzo en blanco con cara de odio a las once.
Mi cuaderno de ideas: tres páginas, sin filtro
Después del café viene mi cuaderno. No es un cuaderno bonito, ojo; es un cuaderno con la tapa manchada de óleo que me acompaña desde hace cuatro años. Escribo tres páginas a mano, sin estructura, sin corregir. Escribo lo que soñé, lo que me preocupa, el vecino que pinta el balcón de azul, la luz rara de noviembre.
La regla de oro: nadie lo va a leer, ni yo lo voy a releer esa semana. Eso le quita la presión. El objetivo no es escribir bien, es vaciar la cabeza para que quepan ideas nuevas.
El paseo que se convierte en boceto
Si el tiempo acompaña, salgo a caminar por mi barrio antes de entrar al taller. Veinte minutos, media hora. Llevo el móvil solo para fotos que luego casi nunca miro.
Y aquí está el truco que cambió mis mañanas: en lugar de pensar en mis problemas o en la lista de la compra, practico mirar. El tendedero de la vecina del tercero. Las sombras que hace el toldo del bar a esa hora. Una caja de cartón abandonada con una forma preciosa. Todo eso acaba, de una manera u otra, en mis obras. El barrio es mi proveedor de materia prima.
Lo que NO hago (y tú tampoco deberías)
Para cada ritual que funciona, hay una trampa que lo estropea. Estas son las mías:
- No miro el móvil la primera hora. Las notificaciones son ideas de otras personas. Yo quiero empezar el día con las mías.
- No hago el ritual perfecto. Hay mañanas que solo hay café y ya. El ritual no es un examen, es un abrazo.
- No lo fuerzo los días malos. A veces el ritual es volver a la cama quince minutos más. También cuenta.
Cómo crear tu propio ritual (seas creativo o no)
Si me has leído hasta aquí, quizá te apetezca montar el tuyo. Te dejo mi receta sencilla:
- Elige un ancla. Una bebida, una canción, abrir la ventana. Algo que le diga a tu cerebro: «empezamos».
- Añade diez minutos de vaciado. Escribir, dibujar garabatos, hacer una lista de lo que te ronda. Sin juicio.
- Muévete. Aunque sea hasta la ventana. El cuerpo despierta a la cabeza.
- Repite. No tiene que ser perfecto ni diario. Tres mañanas por semana ya cambia algo.
Lo bonito de un ritual es que no depende de la inspiración. La inspiración es caprichosa; el ritual siempre está. Y cuando el ritual está, la inspiración acaba pasándose por el taller a tomar algo.
Ahora me toca a mí preguntarte: ¿qué haces tú antes de empezar tu día? Escríbeme en los comentarios, que me encanta robar ideas buenas (ya sabes que las mejores costumbres se copian).