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Carrera creativa

Siete firmas después: el viaje más pequeño y más grande de mi carrera

Diana Diaz
Siete firmas después: el viaje más pequeño y más grande de mi carrera

Photo: Dietmar Rabich, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

La semana pasada estuve reorganizando el almacén del taller —sí, ese que os he contado que es el corazón de mi casa— y me encontré con una obra de 2011 que llevaba años sin ver. Al mirar la esquina inferior derecha me dio hasta risa: ahí estaba, mi cuarta firma, aquella con la que yo creía que el mundo iba a recordarme para siempre. Qué ilusa.

Ese pequeño hallazgo me puso a contar. Siete. He tenido siete firmas distintas desde que empecé a vender mis primeras cosas en mercadillos de barrio. Siete maneras de decir «esto es mío». Y creo que vale la pena contaros el viaje, porque si estás empezando o te planteas cambiar la tuya, igual te sirve saber que hasta la más indecisa del mundo (yo) acabó encontrando la suya.

Las siete vidas de mi nombre

La primera era mi nombre completo, Diana Díaz, en letra caligráfica que me costaba diez minutos por obra. Aprendí enseguida que una firma que te da pereza hacer es una firma muerta.

La segunda fue una época de rebeldía: solo «Díaz», en mayúsculas, con una D enorme que ocupaba medio cuadro. Creía que eso era tener carácter. En realidad era tener miedo de que «Diana» sonase a princesa de cómic.

La tercera y la cuarta fueron experimentos con monogramas: DD entrelazadas, DD dentro de un círculo, DD con un puntito rojo que según yo «representaba mi energía». El puntito rojo duró lo que dura la energía, poco.

La quinta llegó cuando me mudé de ciudad y me sentí otra persona. La sexta cuando alguien me dijo que mi firma parecía la de una agencia de publicidad y me puse en modo crisis existencial.

Y la séptima, la actual, es la más simple de todas: «D. Díaz» a mano, con un trazo que sale solo. Que es, descubrí demasiado tarde, exactamente lo que buscaba desde el principio.

Qué comunica una firma (y qué no)

Os voy a ahorrar años de angustia: nadie recuerda tu firma tan bien como tú. Los coleccionistas que he conocido en estos años recuerdan los cuadros, los colores, las conversaciones. La firma importa, sí, pero no en el sentido en que nosotros creemos cuando empezamos.

Lo que sí comunica es coherencia. Cuando empecé a usar siempre la misma, con el mismo grosor y en el mismo rincón, la gente empezó a reconocerme en ferias antes de leer el cartel. Eso, y solo eso, es la famosa marca personal: repetición honesta, no un logo perfecto.

Si estás pensando en cambiar la tuya

Después de siete intentos, mi consejo es este:

Ahora, cuando firmo, ya no pienso en cómo me verá el futuro. Pienso en cerrar la obra con cariño, como quien cierra una carta. Y esa, creo, es la única firma que necesitaba todo este tiempo.

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