La droguería, el banco del mercado y otros tres másteres sin matrícula
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Tengo un máster, sí. También tengo una deuda que lo recuerda cada mes. Pero si soy sincera, lo que de verdad me formó como artista no estaba en ninguna facultad: estaba a diez minutos de mi casa, caminando despacio y mirando de una manera que entonces no sabía ni que estaba mirando.
Hoy quiero hacer mi pequeño homenaje a esos lugares. Cinco aulas sin horarios, sin profesores y sin matrícula.
1. La droguería de don Julián: mi primera paleta
La droguería de mi barrio es de esas que huelen a todo a la vez: jabón, pintura, serrín y algo indefinible que sospecho que es historia. Fui allí por primera vez buscando un bote de aguarrás, y salí con algo mejor: la costumbre de mirar estanterías.
Las latas de pigmento, los botes de esmalte con etiquetas escritas a mano, los cajones de madera con compases y brochas de pelo de marta. Todo aquel caos cromático era mi primera lección de color: los azules de ultramar junto a los verdes botella, los rojos oxidados de las latas antiguas. Nadie me habría explicado mejor qué significa que un color «tire hacia» otra cosa.
2. El banco del mercado: el mejor ojo de retratista que he tenido
Frente al mercado hay un banco. Y en ese banco aprendí lo que ningún modelo posando me enseñó: la gente real no posa. Las manos de las señoras que comparan tomates, la manera en que los mayores se sientan hacia adelante, las caras de la gente esperando a alguien que llega tarde.
Años después, cuando alguien me dice que sus retratos salen «fríos», les doy el mismo consejo: vete a un banco frente a un mercado y mira una hora. El cuerpo humano tiene gestos que ninguna foto de estudio contiene.
3. La casa de empeños: clase magistral de texturas y silencios
Entré una vez a preguntar por el precio de un reloj y salí con una obsesión. Los escaparates de una casa de empeños son un museo involuntario: instrumentos que alguien amó, cámaras con arañazos, anillos junto a taladros. Cada objeto tiene una historia de urgencia detrás.
Fue allí donde entendí que las cosas cuentan por su desgaste. Una guitarra nueva dice poco; una guitarra con la tapa rayada dice todo. Desde entonces, cuando pinto bodegones, busco ese punto: que el objeto parezca vivido.
4. La lavandería automática: luces que no existen en casa
Suena raro, lo sé. Pero una lavandería a las diez de la noche es una lección de iluminación gratuita: fluorescentes fríos sobre tambores girando, reflejos en las puertas de cristal, esa mezcla de azul técnico y amarillo sucio que no he visto en ningún tutorial de color. Hice una serie entera de bocetos allí. La gente pensaba que esperaba ropa. Yo hacía prácticas de luz artificial.
5. El portal de mi vecina Pilar: el aula de la textura definitiva
Pilar tiene un portal con paredes de gotelé antiguo, un espejo de marco dorado con el dorado levantado y una alfombra que lleva cuarenta años absorbiendo vida. Cuando pinto superficies y algo no me sale, me imagino ese portal. La rugosidad, lo que la luz hace al rebotar en una pared imperfecta. Es mi referencia mental número uno.
Haced vuestro propio mapa
No os estoy diciendo que abandonéis los cursos (a mí me sirvieron, más o menos). Os digo que la mirada se entrena igual en un aula que en la cola del pan. Coged papel y lápiz, o simplemente la memoria, y haced una lista: ¿qué cinco lugares de vuestro barrio os han enseñado algo que nadie os cobró?
El mío incluye una droguería, un banco y una casa de empeños. El vuestro puede tener un bar de toda la vida, una ferretería o la parada del autobús. Lo importante no es el sitio: es aprender a reconocer que lleváis años estudiando, aunque nadie os diera el diploma.
Yo, por si acaso, voy a seguir dándome por aludida en el banco del mercado. La matrícula es gratis y las clases nunca se suspenden.