Lo que suena mientras pinto: la banda sonora (muy personal) de mi taller
Si alguna vez hubierais pasado por delante de la puerta de mi taller, sabríais de mí casi tanto como leyendo este blog. No por las pinturas, sino por lo que se escucha. Trabajo en silencio absoluto me resulta imposible: el silencio en mi cabeza se convierte en ruido de dudas, en listas de tareas, en la factura de la luz. La música me despeja el camino hacia la mano.
Así que hoy quiero enseñaros algo muy íntimo: mi playlist de estudio. Y no la versión bonita y curada para redes, sino la de verdad, con sus saltos de década y sus vergüenzas incluidas.
El disco que empezó todo
Toda lista tiene un origen, y el mío es El día de la inteligencia de Nacho Vegas. Cuando estaba en tercero de Bellas Artes pintaba de noche en un piso de estudiantes con calefacción de recompensa y oía este disco en bucle. Aún hoy, si suena "El género femenino doble", me vuelvo veintidós años y me entran ganas de pintar en tonos azules y tristes. Es el disco de la etapa en la que aún no sabía que esto podía ser un oficio, y por eso lo guardo como una reliquia.
La etapa de las ferias y el pánico escénico
Cuando empecé a exponer en ferias de arte y a vender por internet, necesitaba otra cosa: energía, piel de gallina, valor. Ahí entraron Rozalén y Amaral. "Sin saber cómo contarte" y "Sin ti no soy nada" suenan en mi taller cada vez que tengo que enfrentarme a algo que me asusta: un encargo grande, una feria nueva, un precio que me da vértigo poner por escrito.
Es curioso cómo la cabeza asocia cosas. Hay canciones que ya no me dicen nada personal pero que funcionan como un interruptor de encendido: me las pongo y el cuerpo entiende que toca trabajar.
Los discos de los encargos largos
Para las horas de taller de verdad, las de pintar durante cuatro o cinco días seguidos sobre lo mismo, necesito música que no pida atención. Ahí entran los clásicos que me regaló mi padre: Joaquín Sabina, Serrat, y sobre todo Especialmente en vivo de Serrat y Sabina juntos. Conozco cada pausa de esos discos, y precisamente por eso no me distraen. Pintar con Sabina es como pintar con un amigo callado al lado que a veces dice algo brillante.
También está la etapa instrumental: Ludovico Einaudi y algunas bandas sonoras de Almodóvar, que para mí son puro Madrid. Si estáis en la capital y me cruzáis por el Rastro un domingo, probablemente lleve auriculares con "Bso Café Müller" o algo de Alberto Iglesias. El barrio, la música y los colores acaban siempre mezclándose.
La vergüenza confesable
Vale, lo suelto: también pinto a veces con los éxitos del verano de hace quince años. Chayanne, David Bisbal, alguna de La Oreja de Van Gogh. Cuando llevo seis horas con un cuadro que no sale, cuando las manos no responden y empiezo a dudar de todo, me pongo una de esas y el taller se convierte en una fiesta de una sola persona con pincel. No sé si mejora mi pintura, pero seguro que mejora mi humor, y eso ya es mucho.
Cómo os lo recomiendo probar
Si pintáis, escribís o hacéis cualquier cosa con las manos, os propongo un ejercicio: haced una playlist solo con canciones de una época concreta de vuestra vida y escuchadla mientras trabajáis una semana entera. Veréis cómo el trabajo de esos días queda marcado, cómo sale un poco distinto. La música es un material más, como los pigmentos o el lienzo, solo que no se ve.
Yo tengo hasta una regla de oro: nunca pinto encargos con canciones nuevas que me estén gustando. Las guardo para los proyectos míos, los íntimos. Los encargos tienen su banda sonora de trabajo, y mis series personales tienen otra más peligrosa, la de los discos que me están rompiendo un poco el corazón ese mes. El resultado siempre se nota en el cuadro.
Y ahora me toca a vosotros
Esta entrada se la dejo abierta a vosotros, como tantas otras. Me encantaría saber qué suena en vuestros espacios de trabajo, qué canción os devuelve a una época creativa concreta. Dejadme en comentarios vuestro disco de cabecera y, si alguno me sorprende, os prometo que lo probaré una mañana entera de pintura y os contaré qué salió de ahí.
Porque al final, igual que el barrio se me cuela en la paleta, la música se me cuela en la mano. Y mi taller, sin banda sonora, sería solo una habitación con botes de pintura. Con ella, es mi rincón del mundo entero.