El barrio entra por la ventana y se me cuela en la paleta
Hay una frase que repito mucho por aquí: mi taller nació de un rincón olvidado. Pero lo que no os he contado aún es que mi taller no termina en las paredes de casa. Termina en la ventana. Y de ahí hacia fuera, todo el barrio.
Durante años pinté con la ventana cerrada. Creía que así protegía mi concentración, que el silencio era el escenario perfecto para crear. Qué equivocada estaba. Lo que en realidad estaba haciendo era encerrarme en una burbuja de trabajo correcto pero anodino, cuadros técnicos pero sin pulso.
El día que la lavandería cambió mi paleta
Todo cambió una mañana de primavera, con el calor apretando. Abrí la ventana por pura supervivencia y lo primero que llegó fue el olor a jabón de la lavandería de abajo, mezclado con el de las azuleas de la vecina del tercero. Aquella tarde, sin darme cuenta, mezclé un azul que llevaba meses buscándome. Un azul con jabón, literalmente.
Desde entonces, pintar con la ventana abierta se ha convertido en mi método, aunque no lo pidiera nadie. La obra es una conversación involuntaria con el entorno: el barrio dicta y yo obreco, más o menos a regañadientes.
Lo que se cuela sin permiso
Os hago un inventario de mi banda sonora de trabajo, por si os suena:
- Las vecinas del portal, que discuten de política con una pasión que podría alimentar una trilogía de ópera.
- El claxon del bus, puntual como un metrónomo, marcando el ritmo de mis trazos más rápidos.
- El olor a café tostado de la cafetería de la esquina, que a media mañana me obliga a bajar a por un cortado.
- Las bocinas del mercado los sábados, con su griterío alegre que se cuela hasta en mis acuarelas más silenciosas.
Y luego está la luz. La luz de mi calle a las siete de la tarde en octubre no es la misma que la de la calle de mi amiga en Malasaña, ni la del pueblo de mis padres en Galicia. Cada lugar tiene su temperatura cromática, y mi barrio tiene una que yo no elegiría por mí misma pero que reconozco al instante cuando la veo en un cuadro mío antiguo.
Pintar es escuchar sin querer
Hay una idea que me obsesiona: que el arte nunca es del todo propio. Lo que hacemos siempre lleva dentro las conversaciones ajenas, los olores del pasillo, los ruidos que nos molestaron y nos acompañaron igual. Crear en una torre de marfil es un mito romántico que a mí no me funciona. Yo pinto mejor cuando el mundo me interrumpe.
Claro que hay días en que el taladro del fontanero me saca de mis casillas. No todo es poesía. Pero hasta esos días acaban apareciendo en la obra, aunque sea en forma de una línea más agresiva o de un color más rabioso. El barrio no filtra; entrega todo, lo bonito y lo insoportable.
Y ahora, tu turno
Aquí va mi invitación: piensa en lo que haces, sea pintar, escribir, cocinar o programar. ¿Qué hay de tu calle en ello? ¿Qué sonido llevas dentro sin saberlo? A veces basta con sentarse diez minutos con la ventana abierta, sin hacer nada, solo escuchando, para descubrir de qué está hecha de verdad nuestra rutina creativa.
Yo he aprendido a agradecerle al barrio su intromisión. Me dicta cosas que yo jamás me habría pedido a mí misma. Y al final, cuando alguien me dice "este cuadro me suena a algo", sospecho que le suena a su propia calle, porque todos llevamos la nuestra dentro.
¿Y tú? Cuéntame en los comentarios qué se te cuela por la ventana. Prometo leerlo con la mía bien abierta.