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El costurero de mi abuela era una escuela de bellas artes y nadie nos avisó

Diana Diaz
El costurero de mi abuela era una escuela de bellas artes y nadie nos avisó

En una estantería de mi taller hay un costurero de hojalata, algo oxidado, con un botón de nácar suelto en el fondo que nunca he tirado. Fue de mi abuela. Y aunque suene a tópico de película española, ese cacharro vale más para mi carrera que cualquiera de los títulos que colecciono en una carpeta que nadie me pide nunca.

Hoy quiero hablaros de eso: de la herencia creativa que no viene en un diploma.

La escuela que olía a jabón Lavavajillos

Mi abuela cosía en la mesa de la cocina, después de quitar, siempre con el mismo trapo, las migas del desayuno. Yo me sentaba al lado con mis siete años y la miraba enhebrar la aguja a la primera, sin gafas, mientras a mí me temblaban las manos.

Lo que no sabía entonces es que estaba viendo una clase magistral de varias asignaturas a la vez:

El saber que no pone en el currículum

Aquí viene lo que de verdad me ronda la cabeza. Cuando alguien pregunta dónde estudié, respondo sin problema. Pero nadie pregunta nunca de dónde saco la disciplina para pasar tres días ajustando un solo trazo, ni quién me enseñó a mirar un material y saber qué aguanta y qué no.

Eso lo aprendí en cocinas, en terrazas de barrio, en tardes enteras viendo planchar sábanas con pliegues de hospital. Saber doméstico, saber de mujeres, que durante siglos se llamó 'labores' con esa sonrisita condescendiente. Y sin embargo, mi práctica artística entera se sostiene sobre ese armazón invisible.

La primera vez que monté un stand en una feria y sobreviví con presupuesto de migas, pensé: esto es puro costurero de abuela. Estirar lo poco, combinar lo que hay, que nada se note el remiendo pero todo aguante.

Arreglar en vez de tirar

Vivimos en un momento en que hasta la creatividad parece de usar y tirar. Se publica rápido, se borra rápido, se imita más rápido todavía. Mi abuela tenía otra relación con los objetos: si una costura fallaba, se descosía con deshilachador y se hacía de nuevo, sin drama.

He intentado aplicar eso a mi trabajo. Cuando una pieza no sale, ya no la escondo en el cajón de los bocetos fallidos con vergüenza; la descoso mentalmente y veo qué hilo me sirvió y cuál no. Es lo mismo, solo que con pintura en vez de percal.

Y hay algo más. Coser a su lado aprendí que el acabado importa tanto como la idea. Ella planchaba la costura por dentro para que nadie viera el desorden. Yo ahora entelado los bordes traseros de mis lienzos aunque nadie los vaya a mirar. Ella nunca usaría la palabra 'profesionalidad', pero la practicaba cada tarde.

La herencia que sí elijo

No heredé ninguna joya. Heredé un costurero, un bolso de retales y una manera de mirar. Creo que salgo ganando.

Si tenéis a alguien en vuestra familia cuyas manos sabían hacer algo que nadie valoraba en su momento, id y preguntad antes de que sea tarde. Anotad. Fotografía incluso las manos. Porque la formación académica os abre puertas, sí, pero es esa herencia silenciosa la que os enseña a cruzarlas sin que tiemble el pulso.

Yo sigo enhebrando mal la aguja, por cierto. Algunas cosas no se heredan; otras, las más importantes, se heredan sin darte cuenta.

¿Y vosotros? Contadme en comentarios qué saber 'de cocina' o 'de costura' os sostiene hoy sin que lo reconozca ningún diploma.

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